lunes, 26 de marzo de 2007

Una voz que resucita entre los muertos


A riesgo de que aquí entren nada más que internautas amantes de lo parapsicológico, me ha dado la gana titular así las líneas inaugurales de este blog, palabreja que, por cierto, no me gusta nada, porque no dice nada: blog es una palabra sin contenido, imposible de referenciar mentalmente con un sentimineto, un sabor, un color, una imagen, un objeto, un recuerdo.

Blog es como la red, que no sabe a nada. La red es insípida. En la red nada es rugoso, o suave, o áspero, o aterciopelado. La red es incolora, diría que transparente, pero es una palabra demasiado generosa. Transparentes son las cosas que gustan: un vestido de lino a contraluz, el velo de una novia, la luz de otoño al atardecer, el papel cebolla, un verso de Ángel, o la respiración de mi amor justo antes de despertar.

La red es silenciosa, como un asesino alevoso de un cuento que pudo escribir Poe, como el autor que mata al autor que lee un cuento de Cortázar sentado cómodamente en un sillón verde, ignorante, el pobre, de que en segundos va a perder el cuello.

En la red no se contine el silencio de los monasterios, o el de una cuna dando de dormir a un bebé. El silencio de la red es cruel y taimado, es el silencio que se porduce antes de recibir la noticia de una muerte por teléfono. Ese es el tipo de silencio de la red.

A estas alturas de blog (inventemos otra palabra para nombrar esto!!) tú, que esperabas encontrar el cuarto secreto de Fátima en estas lineas, habrás visto que nada es lo que parece y que esta voz resucitada entre los muertos es la del pobrecito hablador del siglo XXI que se levanta para deciros que "blog" suena a teclas y huele a plástico quemado; para explicaros todas las semanas como se ven las cosas de este mundo después de un par de siglos de reposo; para contaros que, en lo poco que todavía he visto, nada ha cambiado, excepto yo, que no pienso dejarme llevar de nuevo por la deliciosa sensación de morir de amor delante del espejo en la víspera del día de Navidad, (¿de amor o de desesperación?), ya no recuerdo por qué apreté el gatillo.

Vuelvo mañana

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