martes, 16 de enero de 2018

Inmarcesibles y atrabiliarios (Una lectura de “Miseria, grandeza y agonía del PCE, 1939-1985”)


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Los antiguos romanos creían que la causa de la melancolía no era otra que  el progresivo ennegrecimiento de la bilis.  Es decir, que todo aquel que sufría de  tristeza inconsolable, permanente y profunda, todo ciudadano o esclavo que arrastraba su cuerpo por el mundo como alma en pena,  vivía sus días con doliente amargura gracias a la secreción biliar de una  hiel oscura y sombría que llamaban  atra bilis.
 Con el paso del tiempo, gracias a la exotérica historia de las palabras,   la unión de esos  términos latinos  acabó por designar a las personas de carácter violento que lo arreglan todo a base de gritos, golpes  y salidas de tono. Son los llamados  atrabiliarios, miembros de una tribu  imperecedera cuyos orígenes ibéricos -y por ende europeos - se remontan a los años remotos en los que el hombre habitaba Atapuerca  en compañía de las más insólitas alimañas.
 De hecho, el equipo de arqueólogos dirigido por los doctores  Arsuaga y Carbonell  tuvo la oportunidad de mostrar al mundo entero algún que otro trauma craneal,  probablemente uno de los primeros resultados de la acción atrabiliaria de marca  ibérica que, sin duda,  dejaría su huella indeleble en el genoma hispano,  por  los siglos los siglos, entre todas las generaciones de hombres y mujeres nacidos en la Península. Prueba de ello es, por ejemplo, el célebre cuadro de  Goya titulado “Duelo a garrotazos” en el que el pintor aragonés  retrató en plena acción a dos de los descendientes  de  aquellos primeros atrabiliarios  patrios.
 Por todo ello, soy de los que piensa que más allá de la historia del poder político en España y de la sucesión de colonizaciones, invasiones, dinastías, tiranías y partidos políticos que han tenido la oportunidad de gobernarnos, el gen atrabiliario, oscuro y  de infaustas consecuencias, ha marcado nuestro destino a partir del mismo día que nos erguimos  en aquel rincón remoto del neolítico.
 Sin embargo, en honor a la verdad,  he de decir que no hace mucho que he llegado a esta conclusión. Exactamente, poco más o menos, un par de días,  el tiempo que ha trascurrido desde que finalicé la lectura  de  “Miseria, grandeza y agonía del PCE, 1939-1985”, obra del periodista y escritor Gregorio Morán reeditada recientemente por la editorial Akal.
 A pesar de que Gregorio Morán  es un autor consolidado, de prolífica y extensa trayectoria, yo lo descubrí en 2014 a raíz del escándalo que supuso la censura a la que sometió la editorial Planeta a su anterior obra “El cura y los mandarines, historia no oficial del bosque de los Letrados”, un recorrido crítico a través de la historia de nuestra cultura que abarca desde el año 1962 hasta prácticamente finales del siglo XX.
 Morán rompió con el editor Lara y  publicó el libro con la mencionada editorial  Akal  denunciando  públicamente a la editorial  Planeta durante la presentación del libro que celebró  en compañía de su amigo, el novelista y a la sazón ínclito pregonero barcelonés,  Javier Pérez-Andújar.  El  acto fue grabado íntegramente en video y  ardió como reguero de pólvora en las redes sociales porque Morán daba cuenta detallada de los motivos de la censura que apuntaban directamente a  la dirección de la Real Academia Española de la Lengua. Gracias a todo ello supe de sus “Sabatinas intempestivas”, que escribía semanalmente cada sábado en el diario La Vanguardia,  hasta que hace unos meses Moran fue despedido via fax  a raíz de un artículo que se negó a modificar  por órdenes del director Marius Carol en el que, una vez más, repartía estopa a la clase política catalana. Yo, por mi parte, he despedido de mi casa al Conde de Godó  y  ahora  leo las Sabatinas  en “Crónica global.
 El caso es que, desde que leí “El cura y los mandarines…”  y sus artículos en prensa ,semana tras semana,  la figura de este escritor asturiano afincado desde hace ya décadas en Barcelona vino a resultarme de lo más fascinante porque forma parte de  una  especie en extinción; ese tipo de periodistas  que  no se casa con nadie,  honesto,  incisivo, independiente, valiente, riguroso y extraordinariamente trabajador, que encuentra  información  donde nadie la busca, que la ofrece con una voz inconfundible sin renunciar nunca  a su particular – y a menudo controvertido-  punto de vista , todo aderezado de un chorro generoso de buenos adjetivos,  nada de sidra de su Asturias natal; siempre licor del fuerte, del que quema  al entrar en la garganta y calienta el ánimo.
 Morán, en mi modesta opinión,  desciende  de la estirpe de los Torres Villarroel, de los Larra, los Sawa,  los D’Ors, los Gaziel (su admirado Gaziel ), y de los Pla. Porque Gregorio Morán es sobre todo un cronista de nuestro tiempo. El núcleo duro de su obra constituye un  friso de la España contemporánea,  compuesto  por cerca de una  docena de libros que se hacen imprescindibles para observarnos a nosotros mismos sin dejar mediar a la complacencia, partiendo de figuras o instituciones claves de nuestra historia que actúan como centro de un universo histórico, social, político y cultural  en el que orbitan una buena cantidad de personajes y  personajillos que en algún momento pintaron algo, o creyeron  que pintaban algo.
 La pluma de Morán es látigo de nacionalistas, espejo de oportunistas, inventario de arribistas  y penitencia de sinvergüenzas. Gozo con su estilo, con sus incisiones certeras y arriesgadas; con una valentía que en más de una ocasión probablemente desearía haber atenuado, pues no en vano  ha pagado por ella con despidos, enemistades, y amenazas, aunque  nadie, que yo sepa, se ha atrevido a demandarle.
 De hecho, nadie le dijo ni mú cuando en 1984 vio la luz la primera edición de  “Miseria, grandeza y agonía del PCE, 1939-1985” publicada entonces por la editorial Planeta. Ni si quiera sus dos principales protagonistas -el mismísimo Santiago Carrillo, o la sacrosanta Dolores Ibarruri, La Pasionaria- dijeron esta boca es mía, a pesar de que  el libro de Morán hace trizas la trayectoria política y humana de ambos. Porque cuando nadie dice nada después de la revelación de la ingente  cantidad de tropelías, traiciones, nepotismos, servilismos, deslealtades, confabulaciones, personalismos, ambiciones, mediocridades y hasta crímenes que tuvieron  lugar  en el seno de la que fue la  organización política más importante de  España desde la Guerra Civil  hasta la transición, es que lo que se cuenta es verdad, aunque ya no le importe a nadie, o a casi nadie.
 El día 30 de Octubre del año pasado, en pleno marasmo independentista catalán, Gregorio Morán presentó en la Librería Laie de Barcelona -acompañado de su amigo  Javier Pérez-Andújar- la segunda edición de este mismo libro, ahora a cargo de la editorial Akal.  El periodista asturiano explicó que cuando Planeta lanzó la primera edición en 1984 el libro fue un sonoro y rotundo fracaso de ventas;  tan solo apareció una reseña perdida en algún periódico.  A los pocos meses de su publicación, “El Corte Inglés” vendía casi la totalidad de la edición a veinte duros la unidad.  Y es que, aquel  año de ‘La movida’  el PCE estaba ya tan muerto que  los entresijos de su historia no interesaron a nadie, a pesar de que ofrecía documentación y material inédito, altamente sensible,  procedente de los archivos del partido que un amigo le ofreció metidos en unas cuantas cajas de cartón durante la mudanza de la sede madrileña. Esa documentación (actas, transcripciones,  incluso  grabaciones que registraban  o daban fe de las reuniones de la dirección del PCE )  constituyen  el metol, la sal y el acelerador reveladores de la grandeza y heroicidad  de sus militantes y de la miseria de buena parte de sus dirigentes a lo largo de toda su historia.
 No sé si lo he mencionado. Gregorio Morán fue militante del PCE hasta poco después del  día de su legalización, de modo que tuvo que  mantenerse en la clandestinidad buena parte de su juventud y vivió en primera persona los riesgos y las esperanzas de la única organización política española que se enfrentó seriamente y constantemente  a Franco durante los 40 años de dictadura. Aquel 30 de octubre en la librería Laie no tuve el valor de preguntarle qué le ocurre a alguien cuando accede a las cloacas de una organización en la que  ha crecido, con la que ha comprometido la seguridad de su vida y  sobre la que reposaban sus  ideales y anhelos. ¿Qué tipo de mecanismos se mueven en su interior? ¿En qué estado sale uno de tan traumática labor?  ¿Qué queda de uno tras el trabajo minucioso de comprobación y redacción de los hechos que solamente un preponderante sentido de la honestidad ética y profesional  puede obligarte a hacer públicos? ¿Se siente uno un traidor de sí mismo? ¿Y de sus antiguos compañeros? ¿Prevalece o debe prevalecer  ante todo  la búsqueda de la verdad y así,  de ese modo,  mitigamos nuestras  contradicciones?.
 Para llegar a hacerse una idea de esto que estoy diciendo no hay más que  opción que leer el libro, mientras recodamos siempre, a cada página, que  Morán se jugó la vida por el PCE y por la libertad de los españoles.  Esa páginas esenciales de nuestra historia  colectiva  nos ayudan a comprendernos y a respondernos a los  porqués  sobre  tantas y tantas cuestiones  suscitadas  durante la vida del dictador, y también  en los primeros años de nuestra democracia que, en buena medida,  explican o terminaron por bosquejar nuestro presente.
 Si  tuviésemos que reducir o sintetizar  todo ese ingente trabajo me quedaría con dos adjetivos muy queridos por el autor, que utiliza con gran frecuencia, no solo en esta obra, sino en otras que he tenido la oportunidad de disfrutar. Dos adjetivos que en mi opinión nos definen a todos como sociedad, o al menos delatan nuestros peores rasgos colectivos y responden a cierta apatía melancólica  en la que nos revolcamos  para no acometer y enfrentar con energía e inteligencia nuestro futuro juntos: España es un país atrabiliario y los españoles que en el mundo han sido nos consideramos inmarcesibles.
 Los españoles  queremos  arreglarlo todo a voces, de malos modos, como si estuviésemos siempre acodados en la taberna, borrachos, sin otra cosa que hacer que joder al prójimo. La imprecación es nuestro recurso y no escuchamos. Tanto es así  que hemos llegado a considerar buen político el que mejor y más incisivamente carga contra el contrincante, sin importarnos si lo que dice es cierto o falso, o al menos productivo. Por otro lado, cualquiera que haya militado en un partido político sabe por propia experiencia que las reuniones internas se resuelven, frecuentemente, a garrotazos,  con vencedores y vencidos por KO técnico, y no con el consenso o con el acuerdo sensato de todos.
 Pero es que,  además, gracias a no se qué argumentos o causas,  nos creemos herederos de una especie de raza  imperecedera más lista, más sabia, más fuerte y más guapa que las demás, que se perpetúa y que camina hacia un destino rutilante, en una certidumbre de eternidad,  sin más esfuerzo que el hecho de haber nacido aquí. Hemos gestado durante siglos la ilusión hidalga de merecer lo que tenemos por una simple cuestión hereditaria, de manera que  esa conciencia de poseer una naturaleza divina nos debilita, nos sume en la apatía, en la holgazanería y en el mejor de los casos promueve un sentido de la  astucia con la que intentamos resolver de un plumazo problemas que requieren inteligencia, esfuerzo y colaboración.
 Por eso,  creo que ” Miseria, grandeza y agonía del PCE” no solamente nos explica las vicisitudes menos conocidas, más heroicas y  más abyectas  del partido que más y mejor combatió a Franco, sino que nos explica a nosotros mismos, seres atrabiliarios, aspirantes a lo inmarcesible, como los dos paisanos que Goya pintó y que ya para siempre creerán que resuelven  sus problemas a garrotazos.
 Hay que leer a Gregorio Morán

PD: Durante la presentación en Barcelona del 30 de octubre de 2017, Gregorio Morán dijo que la figura de Felipe González era realmente interesante, y que merecía una biografía. ¿Se habrá puesto manos a la obra ?  

lunes, 18 de diciembre de 2017

Seminario de política



A priori, no lo hagas si no estás dispuesto a mentir. 

Y es que, por muy noble que sea tu causa, la mentira será tu herramienta, y la justificarás porque, según tu parecer y gracias a  la generosidad de tus esfuerzos,   me  beneficiará.

Pero yo no quiero que me mientas,  porque si mientes una sola vez por mi bien y te  descubro, no podré confiar nunca más en ti, y los beneficios que disfruté  gracias a tu mentira me convertirán en peor persona, usufructuaria de tus embustes. 

Solamente confiaré en ti si me dices siempre la verdad, aunque no me guste, aunque  no coincida con mis deseos. Si es así, estaré a tu lado, razonablemente ilusionado, cargado de   toda la esperanza que nos permita la complejidad de la vida.

De manera que ya lo sabes. Si no estás dispuesto a engañar, entonces hazlo, da el paso, y pídeme que vaya a tu lado, y explícame con calma y sosiego qué planes tienes para todos  nosotros, cómo crees que podremos  reconstruir el mundo, hacia qué tipo de  utopías me invitas a  caminar.
Pero sobre todo no me mientas, porque no hay sueños después de la mentira. Solamente  más mentiras. 

Es cierto, tienes razón. Si estás dispuesto a mentir, otros muchos andarán contigo. Inicialmente con paso ingenuo, confiados. Al poco, al constatar las primeras sospechas de tu cuento, titubeantes,  un tanto desconcertados. Y cuando ya sea demasiado tarde para volver y  ya  no puedas vislumbrar el inicio del camino, verás tras de  ti  tu propia creación,  una masa incondicional de cómplices  de tu mentira que, a sabiendas de que  siguen a un farsante,  te animará a seguir con paso firme hacia el lugar donde tú sabías que no había nada. 

Entonces comprenderás las consecuencias de  tu  obra. Pero será  en vano, porque  no te quedará más remedio que seguir  y aceptar  el destino que  tú  mismo trazaste  con las palabras de aquella primera  mentira, que surgió  por nuestro bien y que, a  la postre,  nos ha convertido  en alguien muy parecido a ti. 

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Mr. Brundish



Necesitaría un nombre, pero me basta con recordar su apellido, porque se ha convertido en una referencia, en alguien a quien por fin puedo admirar abiertamente,  con orgullo, aunque únicamente lo haga dentro del pensamiento,  en el espacio que solo yo ocupo, al que nadie entra, prohibido el paso, no llame a la puerta, no marque mi número de teléfono, estoy aquí, solo, dentro de mí, pero no estoy para nadie, porque el único mundo que deseo habitar es el de los libros, Bradbury, siempre Bradbury,  quiero más de Bradbury, y Nabokov. Por favor, nada más de las hermanas Bronte.

Porque he encontrado alguien con quien soñar, con quien compartir literalmente mi creciente misantropía, la belleza de una página, la voluntad de la autenticidad, la coherencia, el desdén de lo vulgar, la intransigencia ante la hipocresía y la mentira, pero también, y sobre todo,  el amor a lo más humano, el deleite ante el arte de contar, la pasión literaria,  la búsqueda del conocimiento, el silencio, la soledad, el olor del papel. La sorpresa  ante  el hallazgo del coraje que late y persevera en una piel sencilla, transparente y humilde,  pura, radicalmente bella; ante el encuentro insospechado de un alma gemela capaz de acometer la hazaña de una heroína,  más que una simple comerciante, más que la tímida y educada proveedora de historias. 

Del mismo modo que él la encuentra,  yo le he encontrado en el centro de una historia que nunca pretendió protagonizar, porque todos sus días transcurrían en la más absoluta soledad, apartado de todo y de todos, autoexiliado en defensa  propia,  arropado entre  metáforas, símbolos, imágenes y criaturas eternas,  hasta que aparece Florence y una causa legítima, genuina y justa por la que luchar, aunque sea lo último que haga en la vida, aunque la derrota previsible llegue con el  final de la batalla, la última y única batalla por la que merece la pena tomar de nuevo las armas, la batalla por la dignidad, independientemente del lugar donde se establezca; una librería, por ejemplo.

Mr. Brundish, gracias por existir, sé que ahora no estoy solo.

viernes, 10 de noviembre de 2017

Necesito una compensación, aunque sea simbólica

¿Quién me va a compensar por el miedo de estos días de otoño, por todo el miedo padecido por mis amigos y mis seres queridos?

¿Quién me va a compensar por todas las amistades rotas; por las discusiones broncas; por las malas caras; por los reproches o por los insultos?

¿Quién me va a compensar por la desconfianza, por los soslayos, por las conversaciones veladas y por las murmullos?

¿Quién me va a compensar de la apropiación irrespetuosa,  perversa y torticera de nuestros  héroes de  la resistencia?

¿Quién me va a compensar por mi vehemencia, por mis malas caras, por los gritos que he disparado;  por mis ínfulas y mi soberbia; por lo peor de mí mismo;  por colocar por delante de tantas y tantas cosas buenas un poco de razón política de mierda?

¿Quién me va a compensar por las páginas no leídas, por las letras no escritas, por los cielos no imaginados, por el tiempo perdido intentando convencer vanamente, estúpidamente, a algunas personas de que nos estaban engañando, de que nos estaban robando nuestros sueños con una coartada con la que camuflar el botín de sus robos?

Ya me da igual  el producto interior bruto, la fuga de empresas, las cuentas espejo o la ruina de todo un país. 

Porque llegados a este punto,  ahora que nos han dicho que todo era simbólico, lo único que quiero es que algún patriota me devuelva mi miedo, mis sueños y mi tiempo para que pueda utilizarlos como mejor me venga en gana.

Por ejemplo, mi miedo a la vejez, mi anhelo de escribir un libro, mis horas y mis días en compañía de mi amor, paseando tranquilamente de la mano, pisando en silencio las hojas amarillas de los almeces, levantando la mirada de vez en cuando y ver solamente ropa tendida en los balcones.

(Necesito una compensación, aunque sea simbólica. )

viernes, 3 de noviembre de 2017

Carta abierta a Ada Colau y Pablo Iglesias



Hola Ada, Pablo.

Me decido a escribiros porque necesito que me expliquéis algunas de las decisiones que estáis tomando y que no acabo de entender.

A lo largo de los últimos treinta años siempre he votado a la izquierda, en cualquiera de sus múltiples siglas. PSUC, PCC, EUA, IC, y En Comú Podem. 

Incluso he militado durante algún tiempo en alguna de estas organizaciones políticas y me he identificado siempre con la idea de sociedad que proponen.

Como sabéis, desde los orígenes de nuestra democracia, el comunismo republicano catalán y español renunciaron a una República  en aras de la convivencia y de la paz social, y optó por la democracia parlamentaria y el Estado de Derecho como herramientas con las que  defender sus postulados, en buena lid, frente a otros grupos políticos, que defendían otro tipo de sociedad.

Conocéis mejor que yo la Historia. En  Cataluña, gracias a determinadas maniobras que se produjeron  en la transición,  el nacionalismo desplazó a nuestras organizaciones políticas y se hizo con la hegemonía política y social gracias a la apropiación de la nación, de sus símbolos y de los derechos históricos catalanes como insignia antifranquista.
 
Lo que ocurrió fue que esos nacionalistas nos gobernaron y esquilmaron el país durante las tres últimas décadas. Eran los mismos que se enriquecieron durante la dictadura a costa del sacrificio de los trabajadores, vuestros votantes, pero con diferente bandera. 
 
A lo largo de estos últimos años de corrupción y recortes sociales, ejecutados con mano de hierro por el PDECat y ERC, los grupos políticos de izquierdas  de tradición republicana podían haber optado por subvertir o desobedecer el Estatuto de Autonomía y la Constitución, haciendo honor a su tradición revolucionaria, con el fin legítimo de  desalojar del poder a esos partidos políticos que han maltratado y maltratan siempre a los trabajadores para defender los intereses de lo peor de la burguesía española.  

Pero no lo hicieron -no lo hicisteis- porque respetáis el orden democrático y la reglas de la democracia parlamentaria, y sobre todo porque sabéis que no representáis a una mayoría de ciudadanos. De manera que, con buen criterio,  habéis optado por el trabajo político para seducir a más gente, a través de vuestra acción política, en el marco del Estado de Derecho.

Todo lo contrario a lo que han hecho PDCat, ERC y la CUP en estos últimos meses. Sin una mayoría de gente que les apoye, y al amparo de la bandera, del himno nacional y de una movilización constante en las calles que lleva a cabo una minoría social, han desobedecido la ley  y han renunciado a ejercer la política en el marco de nuestras leyes –insisto, nuestras leyes, las mías, las que hemos legislado entre todos-  a sabiendas de que delinquían, haciendo ostentación pública, además, de su delito.

Por eso necesito que me expliquéis  por qué defendéis ahora a estos grupos políticos que jamás os defenderían en caso de que lo necesitéis; por qué desperdiciáis energías en justificar a quienes han destruido y utilizado para su provecho las instituciones de todos; por qué os ponéis  junto a los que han hecho tanto daño a quienes os votamos; por qué les tratáis de presos políticos pervirtiendo la historia, colocándoles al mismo nivel de miles de  trabajadores y trabajadoras que sufrieron tortura, cárcel y represión con Franco mientras  éstos otros -la misma clase política y social que ahora defendéis- hacían negocios y se enriquecían en Madrid.

Necesito que me lo expliquéis, por favor, porque tengo miedo de no tener a nadie a quién votar en las próximas elecciones.

Muchas gracias a los dos.